Llegar a Petra y pararse el mundo. Como diría la pija: Una de las maravillas más maravillosas. Un destino único e imprescindible en e album de postales del viajero. Atractivo que despierta pasiones. Petra, como si fuera un milagro, aparece en medio de la inmensidad, o sea de la nada, del desierto jordano. El nombre de Petra procede del griego y significa piedra. Y bien apropiado es porque la ciudad está enteramente excavada y esculpida en piedra rosada, de tonos únicos. Debería estar registrado como marca propia: el rosa Petra. Un pantone inimitable.
Fue la antigua capital del reino nabateo, una ciudad de paso que unía rutas tan importantes como la de la seda o las de las especias. Encrucijada de caminos, centro de comunicaciones de la época, que conectaban Occidente y Oriente: Egipto, Siria, Arabia, Grecia, Roma, China o la India. El misterio envuelve este destino mítico. Las tormentas de arena y las inundaciones, entre otras, enterraron muchos edificios provocando que hoy solo se pueda conocer un 20% de la misma.
Se accede a ella a través del Siq, un largo y estrecho cañón de 1 km de longitud, rodeado de acantilados de hasta 80 m de altura. Aún parece resonar el ruido de los cascos del caballo de Indiana Jones cuando cabalga por este prodigioso pasillo que desemboca en el edificio más conocido e impresionante: El Tesoro o Al-Khazneh o Khazné, la tumba de un poderoso rey nabateo cuya fachada de 43 metros de alto por 30 de ancho debe ser uno de los monumentos más fotografiados del planeta.
Si el viajero es audaz o inconsciente ascenderá hasta las alturas para contemplar el monumento más grande de Petra que es Ad-Deir o Monasterio, al que se llega después de subir unos 800 escalones, bien sea a pié o montados en un burro en una gymkama de infarto.
