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La extrema soledad como terapia. Remedio eficaz para atajar los efectos nocivos de la gran ciudad. Silencio contra ruido. Sentirse como el náufrago, lejos del mundo, y cerca de uno mismo. Vivir la soledad para curar el exceso de compañía. A eso le le llaman stress.
Salar de Uyuni, Bolivia, ( 20º16’ S- 66º 58’ W). Llegar volando en un viejo Constellation de hélice (el mismo modelo en que Bogart se despide en “Casablanca”) a Uyuni, un inmenso desierto de sal, 12.000 metros cuadrados, a más de 3.000 metros de altitud y donde el horizonte se funde, cielo y tierra, en una inacabable y torturante pátina blanca. El suelo, pura sal, nívea y radiante, dibuja caprichosas formas geométricas hexagonales, mientras los cristales de cloruro sódico crujen bajo nuestros pies. Duele la soledad. Duele el frío. El sol se tiñe de rojo por el horizonte. El viento es gélido. Lo más parecido a sentirse en el Polo, pero aquí estamos en el altiplano boliviano, a los pies de los majestuosos Andes.
La caravana de vehículos 4×4 se adentra, como una grieta en esta inmensa masa blanca. En su brújula, el viajero busca el norte de su soledad. Marchan camino de la isla Incawasi, un curioso montículo de tierra y roca, donde crecen y se multiplican los cactus gigantes, testimonio del último reducto que no sucumbió a la invasión del mar, de eso hace más de 40.000 años. Tierra rodeada de un mar de sal. Más allá, cerca de la frontera chilena, la laguna colorada, espacio y refugio para miles de flamencos que tiñen de tonos rosáceos la mancha de agua. Soledad en el salar de Uyuni. Domina el blanco impoluto. Pura geometría: se imponen las líneas rectas, solo recortadas por figuras oscuras que recolectan la sal, en un hondo yacimiento de 120 metros de profundidad. Figuras fantasmagóricas, protegidas de las irradiaciones del sol, amontonando sal en pilas. La sal, tan poco recomendada por los cardiólogos y principal fuente de ingresos de los pocos habitantes de Colchani. Duro, muy duro vivir aquí. La luz intensa reverbera sobre la sal, hasta cegar la vista. El frío encoge el alma. El sentimiento de soledad en Uyuni, es una medicina contra la incertidumbre del futuro.