Revisando esta foto de un “bolero” ( así llaman en México a los limpiabotas), capturada en pleno trabajo, mi curiosidad se ha desbocado. El protagonista de este modesto oficio, muy respetado por los mexicanos, me ha evocado al legendario Mario Moreno “Cantinflas” protagonizando su inolvidable película “El bolero de Raquel”, (recomendada visionar en Youtube la escena del baile erótico con la música del Bolero de Ravel) .Curioso y preguntón, me surgieron un par de preguntas. El cuate de la foto que abrillantó las botas de los soldados, ¿trabajó gratis o fue remunerado? ¿recibió alguna propina?.
La instántanea fue capturada en México DF, en la archiconocida y turística Plaza del Zócalo (su nombre oficial es de la Constitución). Se trata de una inmensa explanada de 46.800 metros cuadrados (equivalente a 7 campos de fútbol del Camp Nou) y convertida en la Zona Cero del poder federal, donde se fraguan las decisiones de un país de 125 millones de personas y donde los funcionarios abundan por las calles próximas. En todo el perímetro del Zócalo se localizan los edificios de la Catedral Metropolitana, el Palacio del Gobierno Federal y el Ayuntamiento de la Ciudad de México. Es normal así que en esta área, pródiga en clérigos, políticos y financieros, abunden los servicios de seguridad, los escoltas libres de turno y los cuerpos de guardia que deben mantener una pulcra presencia y ésta empieza por los pies y las botas lustrosas.
La propina tuvo en nuestro país un uso social muy extendido. Y muy compartido. Dar propina era un hábito consolidado, aceptado y visto como necesario. La palabra proviene del latin propinare (para vino): en español (pro pino, para vino), en francés “pourboire” (para beber), en ruso дать на чай (‘dar para el té’) o en alemán usan trinkgeld (o dinero para beber). En todos estas lenguas es común la idea de agradecimiento por el servicio recibido. En los Estados Unidos, por ejemplo, la propina es obligatoria y va incluida en la factura y el cliente la paga sí o sí.
Al hilo de la foto, concluí que en España dejar propina ya está en en total desuso, una costumbre moribunda, agravada por los tiempos de crisis que vivimos. La llegada del euro, la extensión del uso de pago con tarjeta de crédito y las prevenciones higiénicas derivadas de la pandemia han sido las causas del descenso de esta arraigada costumbre social en sectores como la hosteleria, la peluquería, los taxis, hoteles y, en general, los servicios. Hoy, su obligatoriedad sólo se mantiene en los cruceros. La propina se prodigó en años pasados y servía como complemento para precarios salarios. También era habitual el empresario desaprensivo que se amparaba en los ingresos por propinas para escatimar en el sueldo del empleado.
Surrealista es la escena de los hermanos Marx en “Una Noche en la ópera” cuando Groucho le reclama al taxista que le devuelva la propina porque han ido muy deprisa y han llegado a la ópera antes de que ésta finalizara. El conductor, serio y profesional, afirma: “Señor, no me ha dado propina”. Y Groucho replica: “Pero pensaba hacerlo”.
El caso más curioso e interesado del uso de la propina del que he tenido conocimiento es el de un destacado personaje español que confesaba que la propina la entregaba al camarero antes de comer. “Así trabaja con más interés y atiende mejor”. Creía que así aumentaría su eficiencia.
