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Camino al sur. Buscando el sueño de Ouarzazate, rumbo al Atlas, pasando por la ruta de las medinas medievales y dispuesto a disfrutar de los aromas del Festival de las Rosas, en Kelaa M’Gouna, a unos 100 kilómetros de Ouarzazate, la puerta del desierto. Marruecos es el país de los contrastes, dos mundos antagónicos que conviven: la tradición y la modernidad se alternan caprichosamente. La línea de la Alta Velocidad devora los kilómetros que separan Tetuán de la capital Rabat y de Casablanca, el centro económico del país, siguiendo la estela de las olas que rompen en la costa atlántica. Las obras de esta importante infraestructura prosiguen hasta llegar a los enclaves turísticos de Marrakesh y Agadir… El TGV es la cara de una moneda optimista: simboliza el futuro, el progreso, el país moderno que el Rey Mohamed VI está empeñado en cambiar.
La cruz es la otra realidad pesimista, la costumbrista y dominante. Es la imagen familiar, amable y recurrente en las fotos que capta el viajero. Vida rural donde las cabras son capaces de trepar hasta los árboles de argan de cuyas semillas se elaborará un aceite único para la industria cosmética. Sólo en Marruecos es compatible el transporte en vehículo animal (preferenteme el burro o Equus africanus asinus) con las autopistas y las vías de alta velocidad. Una paradoja más del mal llamado progreso. Cae la tarde y el campesino regresa de las labores del campo, sin medir el tiempo y con la confianza de saber que mañana todo volverá a empezar. Una rutina que solo cambia el tiempo. Asfalto, discos de límite de velocidad, señales de tráfico no son más que elementos de una escenografía provisional. El burro, asno o jumento sabe muy bien que la vda es lenta y que mañana repetirá el camino de vuelta a casa. (www.serculoinquieto.com)