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¿Un relato que se remonta a la Edad Media se considera histórico?. Esto sucedía en el siglo XIV cuando los peregrinos ya recorrían la vía sagrada que este año celebra el Jubileo.

La tradición oral así lo narra. Érase una vez, un matrimonio alemán y su hijo Hugonell que peregrinaban a Santiago de Compostela a orar ante el Apóstol. En la etapa de Santo Domingo de la Calzada, ya en el corazón del camino, decidieron pernoctar en una posada, a orillas del río Oja (que dió nombre a esa región con nombre de vino). Allí, la rolliza mesonera que atendía a los fatigados caminantes, cayó rendida ante la belleza de un joven rubio, apuesto aunque tímido, lanzándole constantes e incisivas picardías. Pero el macizo teutón, contagiado quizá por la mística envolvente del Camino, no correspondía y parecía no estar por la labor, rechazando los signos de pasión incontrolada de la moza. Despechada, ésta decidió vengar el insultante rechazo urdiendo una venganza: coló un cáliz entre el equipaje del joven escurridizo. Ya de madrugada echóse en falta el vaso sagrado, siendo descubierto entre las pertenencias del apuesto germano. La justicia actuó de inmediato y el ladrón acabó siendo condenado a la horca. El joven insistía e insistía en su inocencia e intentaba demostrar lo injusto de la sentencia dictada. No hubo piedad ni réplica ni casación. Debía ser ejecutado.

Los atribulados padres, como era de esperar, porfíaban por su hijo, implorando clemencia al Señor Corregidor (con plena potestad de juez inapelable). En la audiencia concedida, encontraron al alto funcionario real a punto de atacar una suculenta comilona: iba a dar cuenta de una gallina y un gallo recién salidos del horno, con su reglamentaria guarnición de frutos secos, guindilla, patatas asadas o boniatos, torreznos y lonchas de panceta, todo ello abundantemente regado con un vino tinto Tempranillo de la tierra, las viñas riojanas. El orondo leguleyo, escéptico y contrariado, pretendía despachar pronto a los padres suplicantes que estaban demorando su atracón creyendo que el reo ya había subido al patíbulo: “Su hijo está tan vivo como el gallo y las gallinas que me dispongo a comer”. Dicho y hecho. Milagro va. Pronunciadas estas palabras, las aves recuperaron su colorido plumaje, comenzando a corretear y picotear por la mesa ante el asombro del incrédulo comisario regio. Y de esta guisa, nació el dicho popular que ha llegado hasta nuestos días y que es muy celebrado en esta hermosa ciudad riojana: “Santo Domingo de la Calzada donde cantó la gallina después de asada”.

Hoy, siglos después, Santo Domingo de la Calzada cuenta con una prestigiosa Escuela de Hosteleria que forma excelentes chefs y sumilleres. Mientras, el gallo y la gallina, ajenos al mundanal ruido, siguen picoteando y cacareando en su jaula dorada, a la vera del altar mayor de la catedral de Santo Domingo de la Calzada. Una supuesta bula otorgada les concedería el privilegio de no mantener el debido respeto durante los ritos religiosos que se ofician ante el fervor de los agotados feligreses y peregrinos. Cacareando en el sacro corral.
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