Hay conceptos que son inseparables, siempre caminan juntos. Ejemplos. El vendaje es aparatoso. El amasijo es de hierro. Las imágenes son escalofriantes. El marco es incomparable. Y Cartagena de Indias es Gabriel Garcia Márquez. Caminan unidos.
Lo mágico sobresale. Cartagena, la ciudad colombiana que sedujo al Caribe, es un mundo diferente. Como el realismo mágico de Gabo Garcia Marquez, el periodista que ganó un Nobel por saber escribir mejor y más bonito. Las calles y plazas de Cartagena son escenarios que puedes rastrear en libros como “El amor en tiempos de de cólera”. Y pasear por la concurrida calle Don Sancho con vía directa a la catedral de Santa Catalina de Alejandría. Y allí comprendes, al deleitarte ante cada fachada de las casas coloniales de la Calle de las Damas, por qué está declarada Patrimonio de la Humanidad. Y cuán optimistas son los colores de sus paredes medianeras, las flores reventonas que adornan balcones y tribunas en una paleta de infinitos pantones. Y regateas por la pintura de un anónimo artista callejero, saboreas un jugo de mango recién exprimido. Compras rosas amarillas como haría Gabo. Rindes homenaje al marino vasco Blas de Lezo y Olavarrieta, en el monumento ante el Castillo de San Felipe, erigido en memoria del almirante valiente que manco, tuerto y cojo derrotó a la Royal Navy.
Deberás madrugar para leer “El Universal”, el diario para el que rellenó cuartillas el joven reportero García Marquez. Un periodista de los pies a la cabeza que ssoñó y consiguió construirse un refugio frente al Caribe. ” No quiero que se me recuerde por ‘Cien años de soledad’, ni por el Premio Nobel, sino por el periódico. Nací periodista y hoy me siento más reportero que nunca. Lo llevo en la sangre, me tira”. (www.serculoinquieto.com)
