Soy un convencido díscipulo de la doctrina sobre la igualdad entre todos los seres humanos. Los derechos para todos sin distinción de orientación sexual, etnia, género, creencia religiosa…. Todos somos iguales. Ante la ley sí, pero ante el volante de un taxi, ni hablar. En El Cairo, los taxistas son conductores suicidas, a quienes un druida pudiera haber zambulido en una marmita de Red Bull. Es como si viajaras en un videojuego. Conducen con la palma de la mano pulsando la bocina. Insistentemente. Un sonido corto para avisar al conductor despistado que hay que arrancar. Un toque largo para expresarle sus buenos deseos al otro taxista mientras bracea. Y si la cosa se pone chunga: abre ligeramente la puerta y hace el ademán de apearse. En su descargo hay que apuntar las inhumanas condiciones laborales: un calor infernal, refrigeración natural por aire tórrido callejero, el atasco permanente y una circulación anárquica que pondría al más templado al borde del ataque de nervios.
El parque móvil es, digamoslo fino y suave, muy vintage. Se trata de coches desvencijados, con fuertes espasmos, que viven en la antesala del desguace, aguardando su último suspiro. Cada mañana la flota de vehículos blancos, con cuadrados de ajedrez negro, recoge turistas para llevarlos hasta las cercanas pirámides a bordo de modelos que ya son jiyas en los museos de marca. Los Hyundai en Seul, los Fiat en Torino y los Peugeot en Sochaux. Otra buena experiencia es tomar dirección al barrio de Al Qarafa, la ciudad de los muertos donde hay más parabólicas que personas. Los 20 millones de almas que sobreviven en El Cairo parecen ponerse de acuerdo solo en una cosa: tomar un taxi a la misma hora. Colas infinitas, asaltos a la carrera. En la salida de Rakkye Paris-Dakar hay más relax.
Los taxistas cairotas son multiusos. Es una técnica muy depurada: conducir en modo riesgo. El taxista es capaz de simultanear el manejo del volante, citarte los vecinos de la calle “Palacio del Deseo” del Premio Nobel Naguib Mahfuz, trastear con una radio de tiempos de Marconi, ofrecer explicaciones de guia de información turistica, vender pequeños souvenirs como reliquias faraónicas o darte a probar una “Sambusek”, cocinada por su mujer, que consiste en unas empanadillas fritas de cordero con espinacas canela, piñones y queso blanco. Más allá de la cortesia, las empanadillas son un magro sobresueldo para equilibrar el presupuesto familiar que con su raquitico salario de 150 dolares, no llega.
Viajar en un taxi de El Cairo es un deporte de aventura. O sea, de alto riesgo pero que nadie en su sano juicio debería perderse. (www.serculoinquieto.com)
