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Una curiosidad. El río Congo une a dos ciudades. Y separa a dos países vecinos. Un río, con vocación de mar por su infinita inmesidad (llega a 25 kilómetros de ancho), baña dos ciudades con categoría de capital de Estado: Kinshasa (Congo Democrático, 9ª ciudad el mundo en que peor se vive) y Brazzaville (Congo, 8ª ciudad en el mismo ranking). Un caso parecido ocurre con el Río de la Plata, también con status de mar, y cuya misma agua baña a Buenos Aires (capital de Argentina) y río abajo, a Montevideo (capital de Uruguay).

La actual Kinshasa (durante el colonialismo belga era Leopoldville) la visité a finales de los años 80, y el país se denominaba Zaire, por expreso capricho de un sanguinario dictador, Mobutu Sese Seko, que expolió el pais durante 32 años (1965-1997). Se recordará su imagen de fiero asesino tocado con un gorro de piel de leopardo. Un dictador de folletin sangriento, que tuvo también un cruel protagonismo en el genocidio de Ruanda, por su apoyo a los Hutus en contra de los Tutsis, masacrados a miles. Años más tarde, encontré al dictador, rodeado de guardaespaldas modelo armario-ropero, en su dorado exilio en el Hotel Beau Rivage, super lujo, en Lausanne (Suiza), coincidiendo an la terraza con vistas al lago Leman pero, en mesas separadas con el rockero Phil Collins. Según el portal Transparencia Internacional, Mobutu, que se hacía llamar “Le Citoyen President”, acumuló una fortuna de más de 5.000 millones de dolares, la mayoría procedente de los “diamantes de sangre”, como se narra en la película de Leonardo di Caprio.

Me alojé en el Hotel Intercontinental, el único edificio alto. La ciudad de Kinshasa tenía muy poco qué ofrecer al visitante. Pakadjuma era el barrio lumpen. Una cloaca al aire libre, habitada por gente enferma y lisiada. Sólo miseria, corrupción, enfermedades, violencia y diferencias sociales profundas e hirientes. El poder de Mobutu era omnipresente. Rodeado de una banda de dirigentes corruptos que dominaba y expoliaba a la población, enferma y con una esperanza de vida de 47 años. Una imprudencia cometida como turista curioso que soy (quise fotografiar un león en la jaula empotrada en las murallas del Palacio Presidencial) tuve que salir huyendo al verme encañonado por el fusil Kalasnikov de un soldado de la guardia que vigilaba el recinto presidencial. Gracias al olfato y pericia del taxista contratado para que me enseñara la ciudad. El conductor, al percatarse de que un esbirro del dictador nos apuntaba con su arma, me advirtió a gritos y el destartalado Peugeot arrancó con bríos de Formula 1. Aún me dura el canguelo. (www.serculoinquieto.com)