La literatura turística, o sea los folletos multicolor, aseguran que en Isla Terceira (una de las 9 del archipiélago de las Azores) hay más toros/vacas que humanos empadronados. Curiosa comparación. Aseguran que unos 150.000 seres bovinos pacen todo el año en sus verdes valles, lo que da una ratio de 3 animales por cabeza humana. Buen dato. Las vacas raza Holstein, dueñas de la pradera son primas hermanas de las que figuraban en los infantiles cromos de chocolate Elgorriaga. Son muy apreciadas. Tratadas como reinas, tal cual. El rebaño vive separado en grupos minoritarios y recluidos en sus cuadrículas de pasto, protegidas por tapias de piedra volcánica seca formando un inabarcable tablero de ajedrez sobre los prados de aromas salubres y amargas. Cuando cae el sol, esperan ansiosas a que la máquina succionadora alivie sus rebosantes ubres. Cada día, miles y miles de litros de leche son transformados en deliciosos quesos gracias al misterio del cuajo. Pura química sobrenatural para deleite de los quesoadictos.
Rumiante, reflexiva, disciplinada. Así transcurre la paciente existencia de las vacas. A los bovinos machos, la vida les reserva un destino menos poético y sosegado. La mayoría acaba en el matadero, convertidos en filete, y base de la “Alcatra”, el nutritivo y delicioso estofado local, cuyo ingrediente estrella lo constituye la sabrosa y gelatinosa carne de la zona de la rabadilla. Hay que aderezar el guiso a base de cebolla, pimiento, vino tinto, ajo, laurel y mucho “chup, chup” que es la onomatopeya que describe la paciencia en los fogones. A los toros más valientes y mejor plantados se les reserva el papel de héroes que luchan contra el hombre. Este espectáculo no se tiñe de sangre como el destino trágico que flota en los cosos taurinos españoles. Su destino es la gloria popular para el toro y el mozo valiente. La tradición taurina de Porto Judeo, una pueblo de 3.000 habitantes, con una plaza de toros volcada sobre el mar, y a tan sólo15 kilómetros de Angra do Heroismo, capital de Isla Terceira y con sello de Patrimonio de la Humanidad. Los aficionados locales siguen el rito de las “touradas a corda”, ya sea sobre la arena de la plaza o a calle abierta. El protocolo a seguir es muy simple: se le ciñe a la testuz una larga cuerda de 50 metros de longitud que es controlada a distancia por los pastores de la cuadrilla. El toro se enrrabieta y revoluciona y corre suelto a lo largo de la calle, persiguiendo sombras y provocado por recortes, burlas y desplantes de los jovenes que se escabullen en cuanto el astado intenta vanamente alcanzarlos. Tan real como la vida misma: perseguir fantasmas. A destacar que no hay ánimo criminal en el festejo. El toro está convenientemente “afeitado” (los cuernos recortados y con protectores en la punta). No acabará desollado y servirá como buena dosis de proteínas con sabor recio para estomágos con saque.(WWW.serculoinquieto.com)
