Seleccionar página

Gijón. Elogio del Horizonte, la escultura urbana de Eduardo Chillida, irrumpe ante la vista del viajero cuando está acometiendo los últimos 10 metros de ascensión al cerro de Santa Catalina. El barrio es conocido como Cimadevilla y desde ese punto se divisa una panorámica excelente de una de las mejores playas urbanas de España: la playa de San Lorenzo [con permiso de las de Riazor (A Coruña), las Canteras (las Palmas de Gran Canaria), la Concha (Donosti), la Malvarrosa (Valencia), la Barceloneta (Barcelona…)

Chillida era un maestro en capturar el espacio. Brillaba por su concepción del espacio. En su Elogio del Horizonte acota un plano único donde el verde de la hierba, el azul turquesa del cielo despejado y el mar blu intenso son encerrados casi envolviendo la línea del horizonte. Se trata de una estructura de 500 toneladas de hormigón, de forma elíptica y soportada por dos pilares, cuya instalación resultó muy polémica. Por no decir injuriosa tal como se la apoda popularmente “El wáter de King Kong”. De ella se ha especulado sobre unos presuntos efectos parasicológicos si te situas en el eje de su diámetro. Dicen que “si nos situamos bajo el Elogio del Horizonte, podremos percibir un efecto sonoro que hace que el romper de las olas llegue hasta nosotros, como si el sonido trepara por el acantilado sigilosamente hasta colarse en el monumento y allí reverberar sordamente.” La verdad es que uno no ha llegado a percibir ese murmullo pero me atrae que alguién pueda añadir el sentido del oido al sentido de la vista que es el que uno utiliza para la contemplación de una escultura. Algunos la ven y hasta la escuchan.

Tuve el privilegio de entrevistar en una ocasión a Eduardo Chillida. Fue mi anfitrión y excepcional guía en una visita al Chillida Leku, en Hernani, donde se ubica la sede de la Fundación Chillida, por fin abierta tras superar trabas adninistrativas del gobierno vasco. El viejo caserio de Zabalaga había sido vaciado totalmente en su interior, manteniendo su raquítico esqueleto, una espectacular estructura de maderos y vigas que soportan la cubierta. Rodeado de una extensión de un par de hectáreas de prados y bosques, allí se exhiben las esculturas de hierro de varias toneladas, repartidas entre el mullido césped (Chillida trabajaba siempre con hierro macizo que modelaba y dominaba mientras se conservaba incandescente, al rojo vivo, recién salido de la bocana del horno). En esta visita, nos acompañaba su incansable esposa Pilar Belzunce. Él, a la vez que se extendía en explicarme detalles de cada una de las obras expuestas, recogía boletos y hongos, que luego comimos en un inolvidable revuelto de huevos, cocinado en su casa en las laderas del monte Igueldo, con unas vistas tentadoras sobre la gran bahía de la Concha y su icónico El Peine del Viento en el que baten las olas del Cantábrico cuando se ponen bravas, que es muy a menudo. Bajo un magnolio del Chillida Leku, reposan las cenizas de Eduardo Chillida y Pili, su inseparable compañera

Chillida, en su juventud, fue portero de la Real Sociedad. Una lesión le apartó del fútbol que así perdería un gran cancerbero pero el arte ganaría un creador irrepetible. Formó parte de la cuadra de artistas contemporáneos agrupados por la Galería Maeght, en el barcelonés Museo Picasso y con sede en Saint Paul de Vence, en la Costa Azul. Detallista y trabajador incansable, realizó obra en materiales diversos: madera tallada, acero macizo, alabastro (un sagrario en la catedral donostiarra), hormigón, yeso, barros de cocción a alta temperatura, terracotas y murales de cerámica (MACBA de Barcelona). Solidario, diseñó obra gráfica numerada para organizaciones humanitarias. Como diseñador de espacios urbanos destacan la Plaza de los Fueros, en Vitoria-Gasteiz, junto al arquitecto Luis Peña Ganchegui, y su polémica instalación “El proyecto Tindaya” en la isla de Fuerteventura, vaciando una montaña para consagrar la existencia del vacío.
(www.serculoinquieto.com)