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En Potosí (Bolivia) existe una montaña conocida por sus habitantes como El Cerro Rico. Es una mina de plata que se explota desde el siglo XV. Se encuentra a más de 4.000 metros de altitud, circunstancia que provoca los siguientes síntomas: los oidos zumban de lo lindo, las naúseas son compañera inseparable, arrastras los pies por cansancio y respirar oxígeno ya es tarea de titanes. La mejor-y única- manera de aliviar el “mal de altura” es mascando hojas de coca que te venden en cada esquina.

Fuimos a Potosí, la ciudad boliviana que acuñó la expresión genuina “Valer más que un Potosí”, sinónimo de la riqueza derivada de sus minas de plata. El Cerro Rico, desafiante y rocoso, se aparece enfrente. Con mi compañero Antonio Marin, de la FEPET (Federación Española de Periodistas de Turismo) nos propusimos descubrir las penurias de los mineros. Antes de entrar, en un mercadillo cercano, compramos un “pack regalo” para nuestros anfitriones: cinco cartuchos de dinamita, dos botellas de alcohol de 96 grados, paquetes de cigarrillos, una bolsa de hojas de coca para mascar y 10 metros de cuerda. Todo no llegó a 30 euros. Sería nuestro presente como invitados y para rendir homenaje al monstruo de las entrañas, el horripilante “El tío”.

Entramos en la mina María a través de un agujero, de 80 centímetros de ancho. Este pozo, abierto en 1952, extrae plata y zinc. Sin luz natural. Lámparas en el casco para iluminarse. Había que recorrer a gatas un largo pasillo de diferentes niveles, hasta zonas más amplias, almacén de las palas y picos de extracción. Fue una absoluta irresponsabilidad dejarnos llevar por un guía-minero amateur que nos conducía por un laberinto de pasillos y corredores mientras nos explicaba cómo extraían la piedra ocre a la búsqueda de las minúsculas vetas de plata. Nadie en el exterior sabía de nuestra presencia en las entrañas del Cerro Rico. Si hubiéramos tenido un accidente nadie hubiera sabido que estábamos enterrados en el infierno.

En los pasillos de la mina, sorprendía descubrir aquellos pequeños altares, con la diabólica figura que representa a “El tío”, un muñeco adornado con guirnaldas y abalorios. “El tío” es la deidad de las minas que protege la vida de los desgraciados y explotados mineros, que es venerada para que brinde fortuna en la captura de mineral con ricas vetas. Oficiamos el rito de la ofrenda a esta divinidad secular y allí depositamos la bolsa de coca, el alcohol y los cartuchos de dinamita. Antes de salir, brindamos engulliendo alcohol de 96 grados que me ardía en el esófago. Mientras, un minero, que apenas llegaba a la treintena, de boca desdentada y labios negros por la coca y tomar tragos, se reía de mi poca resistencia al alcohol. Ceremoniosos y asustados rendimos el ritual para pedir la protección de la Pachamama (la Madre Tierra) a los mineros. Al final del túnel, la luz. Y un soplo de aire que hizo que nos sintiéramos vivos. (www.serculoinquieto.com)