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Los mercados son el espacio más vivo de una ciudad. El mercado de la Forcella, en Nápoles, en la proximidades de la Piazza Garibaldi, supera lo nunca visto. Aquí se mezclan los viajeros de la cercana estación ferroviaria, los turistas despistados, los compradores madrugadores y quienes se toman un café Lavazza para despertar el ánimo. Es un espacio reducido, de 10 callejuelas a lo sumo, donde se entra en un mundo en el que se alinean los diferentes puestos, organizados por sectores alimenticios.

Lo primero que llama la atención es la hornacina callejera que alberga la imagen de San Genaro. Es el santo patrón. Encargado de bendecir al visitante que se dentra en el tumultuoso mundo comercial napolitano. Al lado del obispo mártir, la estampa más prosaica de Diego Armando Maradona, el futbolista que protagonizó una apasionada historia de amor con Napoles. El mercado de la Forcella hace honor a su nombre. El tenedor. Aquí, el visitante encuentra todo lo que busca para comer. Se mezcla el que vende, el que compra, el que mira y el que se despista. Las paradas se alinean en un caos organizado, que aturulla y atrapa. Nuestra primera atención para la pasta artesanal que se manifiesta en formas desconocidas y calibres variados: tripoline, mafaldine, fusilli, trecce o Casarecce. Es verdad: hay vida más allá de los espaghetti o los macarroni.

Los puestos callejeros de pescado, con los peces con los ojos aún muy abiertos, descansando sobre un manto de hielo y abrigados por grandes hojas de col. Las verduras y hortalizas, frescas y húmedas, que conservan su brillo recién arrancadas de la huerta. Las frutas que se exhiben en technicolor con ánimo tentador. Y se suman los dulces, las legumbres, los frutos secos, y los salazones… En esta película de colores, olores y sabores, la banda sonora la ponen los vendedores ofreciendo su mercancía a grito pelado, voceando y llamando la atención del turista que mira por el rabillo del ojo. No se fía pero cae rendido ante tanta exhibición de vida y alegría. (www.serculoinquieto.com)