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El café Iruña, en Pamplona, es más que un café. Es un símbolo, un icono. La historia viva de la capital navarra. Emplazado en la porticada y señorial Plaza del Castillo, en pleno corazón del casco viejocercano al Palacio de los Goyeneche, edificio de impresionante fachada, y mira de frente a un quiosco de música, templete de 8 columnas, donde la banda suena como los ángeles.

El cafe Iruña, el genuino porque cuenta con un hermano “Cafe Iruña” en Bilbao, abrió sus puertas en 1888 y tiene a mucha honra ser el primer establecimiento hostelero de Pamplona en usar la electricidad. Muchas historias y secretos se han fraguado entre sus mesas y veladores. Mucho sufrimiento futbolero, año tras año, por su Osasuna del que es el socio más antiguo, el número 1. Miles de churros crujientes en el crepitar del aceite. La huella del expresso en la taza de loza. Muchos nervios antes del encierro en Sanfermin. Y mucho relax después del chute de adrenalina con pañuelico. Muchos chsss pidiendo silencio para no interferir el momento de creación literaria del inmenso Ernest Hemingway (Con una estatua del escritor para recordar al autor de “Fiesta” o “Por quien doblan las campanas”) .

La decoración es la propia de los cafés barrocos que aún encuentras, si buscas, por el centro de Europa. Techos con recargados elementos de vieja pátina, virtuosas molduras y escayolas, genuinas sillas Thonet, lámparas de relucientes bronces con luminosos globos y artísticas tulipas, maderas preciosas trabajadas por una ebanistería fina y delicada, espejos con el azogue deteriorado, pilares de hierro colado con artísticos remates, suelos en formato blancas-negras, cual tablero de ajedrez, relucientes por el ir y venir de diligentes camareros.

El “Iruña” pamplonica cuenta con lúcidos coetáneos nacionales. El café es una institución en Españay siempre fue lugar de encuentro, espacio de diálogo y templo de libertad. Cualquier ciudad española gozaba de un establecimiento genuino que acogía tertulias literarias y políticas donde se ofrecían soluciones para todos los gustos y remedios a todos los males de este mundo. Algunos han podido salvarse de la pandemia de la especulación vigente. Rindamos honores a los que afortunadamente siguen vivos y que son honrosas excepciones: el Café Gijón, el Comercial o el Barbieri, en Madrid; el Café de l’Ópera, frente al Liceo, Barcelona; el Iruña, en Bilbao; el Novelty en la Plaza Mayor de Salamanca; el Derby en Santiago de Compostela; el Dólar, en Oviedo; el Royalty, en Cádiz; el Moderno, en Logroño o el Levante, en Zaragoza. Glorias inmortales.

A la vista de estos cafés únicos, la reflexión surge fácil y la pregunta es totalmente provocativa e impertinente: ¿Nos perdonarán por dejarles como herencia los Starbucks?. (www.serculoinquieto.com)