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Cuenca, en el corazón de los Andes ecuatorianos, es una ciudad soberbia y añeja, saeteada por 4 ríos (Yanuncay, Tarqui, Machángara y Tomebamba) que surgen de las entrañas de la montaña, en los cercanos glaciares del Parque de Cajas, a más de 3.000 metros altura. Cuenca, la noble, que tomó prestado su nombre a la ciudad española de las casas colgantes, se presenta ante el viajero con su barrio colonial empedrado e inmaculado, en el que sobresalen sus artísticos caserones, capaces de teñir la tarde de un cálido travertino, mientras te embobas circundando iglesias, conventos y sacristías.

Cuenca, Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Aseguran que en Ecuador, Cuenca ejerce de tercera vía. Ni Quito, ni Guayaquil – urbes que viven enredadas en una eterna y cansina rivalidad -, pueden ofrecer lo que Cuenca promete al visitante, ávido en perpetuar, gracias a sus megapixeles, la belleza de esta ciudad única y diferente. Testimonio de todo ello, el viejo caserón, transformado por un emprendedor argentino en “La Posada del Ángel”, el hotel cálido, íntimo, familiar que nos aloja. El viajero se extasiará ante la redondez de las cúpulas de la catedral que emergen como rotundas burbujas, atravesadas por venillas azules que se enhebran en el cielo. Cuenca cuenta con edificios sobrios que albergan iglesias de esbeltos campanarios y paredes encaladas, de austero regusto colonial, donde sobresale la cruz que los conquistadores extremeños se trajeron de ultramar. Cuenca se asoma a los balcones para dibujar arabescos de pura forja, ante el mudo testigo de caléndulas recién florecidas. Mientras el viajero vacila entre alzar la mirada, extasiado por los artesonados coloniales, o escudriñar la perfecta geometría de los adoquines alineados en la calzada mientras las pisadas nos conducen al mercado o a la muy regia catedral.

Lo lógico y que se esperaría de cualquier cronista del tres al cuarto es una erudita divagación sobre el mal llamado “Panamá Hat”, el sombrero que nació en Cuenca y que forma parte del ADN de este país hermano, humilde y dulce que es Ecuador. Pero dejaremos esta “master class” para entregas venideras, que aquí radica el truco del relato: breve y diverso. Cuenca vive y sufre esa paradoja: considerada la cuna del sombrero “Panamá”, su más brillante joya, y sin embargo no puede exhibir ni capitalizar su certificado de nacimiento, de denominación de origen. Pero ya hablaremos otro día de la prenda de fina palma.

Cuenca sabe combinar magistralmente el orgullo pretérito, la historia colonial y la ambición del futuro. En Cuenca, el ayer y el hoy se hermanan en un clima sereno, sosegado, un microclima donde sus gentes pasean, descansan observan, platican, compran, venden. Viven. Salta a la vista que es gente feliz.