Seleccionar página

Lo de la playa de Bondi (Sidney, Australia) es de escándalo. Cuerpos danone, esculturales. Playa premium, nivelazo. Aguas frías, muy frías para los mediterráneos. Todos los pueblos costeros que quieran dedicarse a vender turismo deberían ir ahí a tomar notas. Espaciosa e inmensa arena donde no hay peligro por no mantener la distancia de seguridad de 2,5 metros. Playa que dispone de toda la arena del mundo. Y los servicios complementarios son modélicos: servicio de socorro formado por esbeltos socorristas y vigilantes de la playa, duchas, terrazas, música… Alegría de jovenes que lucen dentadura perfecta guay.

La palabra “bondi” en la lengua aborigen, en extinción, hace referencia al sonido de las olas que rompen, una descripción muy apropiada para esta icónica playa. El paraíso del surf, el destino soñado para los amantes de la tabla. Un gran negocio. Por 50 euros te enseñan a cómo coger tu primera ola en clase particular de 2 horas. Buen clima. Es el barrio playero de Sidney. A 10 kilómetros en tranvia de la ciudad que hechiza y atrapa. Bondi Beach, disfrutar de la avenida con más graffitis artísticos del mundo. Metros y metros de pintura y de talento. Perderse por la Campbell Parade donde florecen las heladerias, las tiendas de souvenirs, las hamburgueserias, las coctelerias. La vida feliz. Terrazas y terrazas, discotecas hasta llegar a pie de la arena fina y dorada donde se impone la banda musical de los Beach Boys y su “Surfin USA”.

Pero no todo puede ser felicidad en esta vida. El peligro se llama tiburón blanco. Y acecha a la búsqueda del imprudente. Cada año se registran múltiples accidentes mortales. El Gobierno despliega rigurosas medidas de seguridad y protección, tales como redes de acero o una permanente supervigilancia con drones. Pero aún así, no puede evitar que el bicharraco ataque al surfista imprudente o despistado. Pero eso, también forma parte de la magia de Bondi. (www.serculoinquieto.com)