Nyammar fue un nombre espejismo, un breve episodio. Un suspiro. Un capricho propio de dictador (Than Shwe) que en un arrebato cambió el nombre al país. De Birmania (Burma durante el período de colonialismo británico) pasó a llamarse Myanmar. Su influyente astrólogo de cabecera le sugirió también el cambio del nombre de la capital Rangún que pasó a ser denominada Yangón. Con poco éxito, todo sea dicho. Ya se sabe: caprichos de un Caudillo por la gracia de Dios. O díganme ustedes si es lo mismo ir al cine a ver la película “Objetivo Birmania” ( con un colosal Erroll Flyn) que “Objetivo Myanmar”. No admite comparación.
A lo largo de un viaje se suceden las historias. Hay muchas donde la mujer birmana adquiere un protagonismo agridulce. De ahí que sucumbí a la tentación de hacerme un falso “selfie” con una mujer birmana que parecía cantar a lo Sara Montiel el “fumándo espero al hombre que más quiero”. La abuela, de 80 no bajaba, estaba entretenida inhalando caladas de su mega-super-puro. Porque Birmania es un país donde la mujer desarrolla un papel relevante en el entramado social. La mujer más famosa en el país fue la activista Aung San Suu Kyi, “the Lady”, que en 1991 recibió el Premio Nobel de la Paz. Se reconocía así una vida de resistencia en favor de los derechos humanos y se otorgaba el galardón por su continuada lucha no violenta por la democracia, atropellada por la dictadura militar del cambia-nombres. Casi 20 años permaneció en arresto domiciliario por los militares y gracias a su firmeza como prisionera política se convirtió en un icono mundial en favor de la libertad. Fue liberada en 2010 y barrió en las eleciones democráticas convocadas.
La mujer birmana es adicta al tanaka. No se trata de ninguna droga rara ni elixir de juventud. A Manolo Escobar le gustaba la mujer española porque iba “Con la cara lavada y recién peiná, niña de mis amores que guapa estás” Pues, a la mujer birmana lo que le va es mostrarse con la cara pintada con tanaka, una mejunje obtenido de la molienda de corteza del árbol del mismo nombre y mezclado con agua. Se aplica sobre las mejillas y sirve para proteger del sol el fino cutis de las orientales. No se excluyen otras razones como por pura coquetería. Habrá de todo. Lo cierto es que la práctica de este maquillaje, amarillento como respeto al budismo, se va extendiendo lentamente entre hombres y niños. Es el empoderamiento femenino.
Se calcula en más de 120 los grupos étnicos diferentes que habitan en Birmania, aunque la etnia dominante en el país son los bamar, originarios de China. Pero nos fijaremos en el grupo más pintoresco, la tribu kayan, que se extiende a lo largo de la frontera con Tailandia. Estas mujeres siguen conservando la tradición de adornar su cuello con aros de broce y collares lo que provoca que el cuello se alargue y por esa razón se les denomine “las mujeres jirafa”. Son personajes que no escapan a la curiosidad del turista. Una leyenda callejera afirmaba que si se desprendían de las argollas que aprisionan y alargan su cuello, podrían morir por aplastamiento de sus cervicales, debilitadas por las protesis. Ficción y leyenda para un rito milenario. (www.serculoinquieto.com)
