Pagan, rebautizada temporalmente como Bagan durante la dictadura militar, es el nucleo fundador y capital durante 400 años del antiguo Reino de Birmania. Donde todo empezó. Pagan vivió tiempos de riqueza y esplendor que consagró a levantar templos y pagodas que surgen como setas a lo largo de una extensa llanura. Hay que ascender hasta las terrazas del templo de Thay Byin Nyu, el más alto de la antigua Pagan, para captar la panorámica inabarcable del enjambre de pagodas y estupas que se extienden a varios kilometros a la redonda. Pasados cientos de años, aún se mantienen en pie más de 2.200 edificaciones dedicadas a Buda, la divinidad generosa y paciente.
Es Pagan, sin duda, el más exhuberante complejo religioso que hoy puede visitarse. De forma libre y autonóma, sin ticket ni audioguia, sin guardar colas ni seguir el itinerario marcado. Pagan es libertad. Para moverse por este valle inmenso, color verde en tiempos de tifón y ocre en la estación seca, el mejor vehículo es el globo aerostático para enamorarse del horizonte. O rodar con la calesa tirada por yegua joven, tal cual la canción de María Dolores Pradera. O la bicicleta, aunque en este caso habrá que bendecir la llegada de las gotas gruesas de lluvia vespertina que nos refresquen del sofocón de la solana. Entre las livianas pagodas, cargadas de campanillas que suenan mecidas por la brisa, los campesinos siguen arando sus pequeños bancales gracias a la energía del búfalo, animal que tratan como uno más de la familia.
Las cuadrillas de mujeres campesinas regresan al poblado canturreando y con la felicidad marcada en el rostro. Canturrean canciones que solo interrumpen sonoras carcajadas. Con un retal de ropa a cuadros rojos y negros recogen su pelo negro y lacio. El viajero quiere comprarle una rústica navaja que llevan al cinto. Cara de de desconcierto y mirada extraviada mientras piensa: “!Qué raros son estos güiris”! (www.serculoinquieto.com)
