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Fue Richard Anthony, un cantante francés nacido en El Cairo, quien popularizó en los años 60 la canción “Aranjuez, mon amour”, adaptación del adagio del Concierto de Aranjuez del maestro valenciano Joaquín Rodrigo. Del dIsco se vendieron aquel verano la friolera de 6 millones de copias, y llegó a eclipsar a la obra maestra musical en la que se había inspirado este tema melódico.
Aranjuez, a 50 kilometros de Madrid, y más allá del famoso motín protagonziado por el pueblo que se sublevó en 1808 contra la política del pérfido Manuel Godoy y puso fin a la monarquía absolutista. Acopia destacadas razones para admirarlo: la rica vega del Tajo ofrece unas extraordinarias cosechas de fresas de fruto pequeño, muy azucarado y aromático y muy apreciada por la reposteria. El Palacio Real, creado por Carlos V y el Real Sitio de Aranjuez, declarado Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001 por su riqueza patrimonial.
Y sus jardines. El Jardin de la Isla, el jardin del Príncipe, constituyen una oferta de naturaleza ordenada, de hermosos jardines muy al gusto francés, con fuentes, esculturas, manantiale, paseos frondosos y parterrres muy pulidos, que lo transforman en un verdadero oasis durante los meses del verano. Y fueron estos escenarios los que sedujeron la mirada de Santiago Rusiñol, pintor catalán, que pintó y enalteció con su fina paleta. El exquisito artista había plasmado su talento en obras que retratan las bellezas de Mallorca, de Granada y Aranjuez, ciudades de la que dejó testimonio de su pasión por los Jardines de España. El señor del “Cau Ferrat” de Sitges, centro espiritual del Novecentismo, dejó su sello inconfundible en ese rincón de arte y bohemia, colgado de un acantilado sobre el Mediterráneo que enamoraría a la mismísima Condesa de Pardo Bazán. Rusiñol se inclinó por Aranjuez, al lado de las mansas aguas del Tajo, para dar su ultimo suspiro, aunque sus restos mortales descansan con la vista puesta en el horizonte de Montjuic. (www.serculoinquieto.com)