Seleccionar página

Vigo honra muy dignamente la memoria del escritor francés Julio Verne, padre y maestro de la ciencia-ficción literaria. A pocos metros del océano, arrullado por la ensenada, está plantada una escultura, que muestra a un Verne viejo y feliz, aposentado sobre un gigantesco pulpo de bronce, de tentáculos extendidos, que ha perdido su fiera pinta y muestra una dócil estampa de dibujos animados. Coincidiendo con el centenario de la muerte del escritor (2005), un grupo de mujeres empresarias vigueses encargó una escultura al artista olívico José Molares. Con este sencillo reconocimiento, Vigo guarda el respeto debido al novelista visionario por sus dos visitas rendidas a la ciudad gallega.

En 1870, Verne publicaba su celébre novela “20.000 Leguas de Viaje Submarino”. Y dedicó el VIII capítulo a “La Bahía de Vigo”. El genial escritor francés narró la historia del Capitán Nemo y el famoso submarino Nautilus en su intento de rescatar el enigmático tesoro de Rande. Según una leyenda de la época, unos galeones españoles que navegaban rumbo a Sevilla, y por causa de una furibunda tempestad, debieron refugiarse en la bahía viguesa. Procedían de las Américas y sus bodegas guardaban una carga rebosante de oro, plata y piedras preciosas. Los galeones españoles fueron atacados y hundidos en una emboscada, la batalla de Rande por navíos ingleses que acechaban con el objetivo de saquear y hacerse con el apreciado botín. Una conducta propia de bucaneros británicos, acorde con su código de depredadores confesos. Según la leyenda, ese inmenso tesoro dormía bajo las aguas de la ría. Y ahí aún sigue, ahora con renombre mundial gracias a la novela.

Leamos el relato de Verne: “En una radio de media milla en torno del Nautilus, las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, claramente el fondo arenoso. Hombres de la tripulación equipados con escafandras se ocupaban de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos ennegrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingotes de oro y plata, cascadas de piastras y joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros.”

La imaginación del escritor fue más allá de la dura realidad. Y en 1878, Verne y su velero Saint Michel III atracarían en la ciudad gallega para rememorar lo que su fantasía ya había anticipado años antes.
Hubo una segunda visita, en 1884, cuando a causa de una avería buscó abrigo en los diques vigueses. Y durante unos días, el calmo ambiente de la ciudad olívica le atrapó: recorrió sus estrechas callejuelas, participó en la procesión del Cristo de la Victoria y la Reconquista, ascendió hasta el monte de Castro y se extasió ante la belleza arrebatadora de las islas Cíes. Así se tejió la historia de amor entre Vigo y Verne.

En distinto paraje de la ría de Vigo, en la isla de San Simón, en la cercana localidad de Redondela, se erige otra escultura, dedicada al Capitán Nemo, que inmortaliza al aventurero personaje creado por Verne. El grupo escultórico es obra de los artistas Ramón Lastra y Sergio Portela. Muestra a un marino dominando el horizonte sobre un pedestal, arropado por dos buzos que sólo salen a superficie con la marea en bajamar. Verdad y fantasía unidos fundidas, día a día, al vaivén de las olas atlánticas. (www.serculoinquieto.com)