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Parque Nacional. Costa Rica. Volcán Arenal, se yergue, como lo haría un coloso cuando se despereza, atrapado por la madeja arbórea de bosque húmedo. Vaya imponente panorámica nos aguarda. El volcán Arenal es, tal cual, un guerrero dormido, de casi 1.700 metros de altura, los justos para acariciar y besar las mejillas de las nubes corricolaris que festonean un cielo azulísimo. Duerme desde 1969. Su última erupción, hace 50 años, dejó rastros de lava a lo largo y ancho de sus laderas, donde ahora se multiplican los colibris y los helechos y saltan las ranitas de patitas azules, conocidas como Blue Jeans y que responden al pomposo nombre científico de Oophaga pumilio.

Tendrá el viajero la oportunidad de tomar su primera- y última- lección de turismo intrépido que algunos mal llaman de aventura. Pasarelas de madera y acero que son cual cicatrices en la selva. Largos puentes colgantes sobre el vacío. El extásis llegará en el momento de probar las tirolinas más largas del mundo, lanzarse al vacío colgado de un cable, cuya polea se desliza a velocidad de vértigo, descendiendo decenas de metros, sorteando las copas de los árboles y aterrizando sobre plataformas forestales, construidas a 60 metros del suelo. Los monitores, indios nicos, exhiben las consecuencias de los accidentes laborales sufridos, sus propias heridas de guerra: dedos mutilados por la rueda metálica que discurre por el cable de la tirolina.

La inaccesibilidad del volcán Arenal resulta frustrante para el viajero, ávido de fisgonear entre sus vergüenzas telúricas. Llegar sólo hasta donde permite el coloso dormido. No se puede ir más allá. No es recomendable desafiar al destino. Los dioses del clima son juguetones e irascibles. Y reaccionan sin pedir permiso: llovizna suave, que acaricia el rostro. Sol tímido y tibio que dura lo que dura un suspiro. Los cambios de clima son caprichosos y súbitos. Ahora descargan una densa cortina de agua. Una cúpula negra cubre la selva. El cielo parece resquebrajarse para liberar millones de kilowatios en formato de rayos y relampágos. Miedo, ¿quién dijo miedo?

Después de sobrevivir a este diluvio, y sumido aún por el riesgo del síncope mutireincidente, el viajero opta por la experiencia sosegada y premium. Escenario: centro de relax Tabacón, bajo la supervisión lejana de nuestro amigo El Arenal. Ducha natural y relajante. Agua termal a 40 grados que, gracias a los múltiples saltos de agua forma de cascadas, actúan con efecto relajante y alivio milagroso sobre espalda, hombros y cervicales. La sesión se remata con un masaje relajante para recuperar el aliento. (www.serculoinquieto.com)