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Repiten que el cambio climático está desertizando España. Nuestros país ofrece una variada oferta de ecosistemas. Hoy nos ocuparemos de los desiertos, espacios que se reiventan como rutas de supervivencia, trekking o escenarios de yoga y meditación. Los expertos distinguen varios pero viajarenos a cuatro que conocemos. Imprescindible: buen calzado, crema solar, sombrero y cantimplora de agua.

Desierto de Tabernas. (Almeria). Es el más famoso de los espacios secos y áridos de nuestro país. Cuenta con una extensión de 28.000 hectáreas. La fama le llegó en los años 60-70 gracias a los “spaghetti wetern”, películas que eran rodadas en este escenario natural almeriense. El truco era ahorrarse pasta en billetes de avión para viajar a los desiertos de Arizona o Texas y sueldos de extras. En la actualidad se cultiva agricultura de invernadero y mi buen amigo Rafael Úbeda produce el excelente aceite “Castillo de Tabernas”, con olivares de variedades picual, arbequina y hojiblanca. Recomendado.

Bardenas Reales (Navarra). Singular espacio donde la erosión, el viento, las tierras de arenisca y arcilla han configurado caprichosas formas donde el visitante cree vislumbrar formas mágicas. El rojo carmín de sus tierras y rocas son la pincelada más identitaria de este desierto, hoy Parque Natural declarado Reserva de la Bioesfera por la UNESCO, y hasta hace muy poco campo de tiro de las Fuerzas Armadas españolas. Fue escenario de la película “El mundo nunca es suficiente” (1999), con Pierce Brosnan encarnando a James Bond.

Los Monegros (Zaragoza-Huesca). Conocido como el desierto vivo de Europa. Es el más “turístico” ya que la autopista Barcelona-Madrid lo atraviesa y su extensa magnitud se percibe comodamente desde la velocidad y el aire acondicionado del coche. Son 276.000 hectáreas de tierras yermas e inhóspitas, que están transformándose en zonas de cultivo de cereal y maíz gracias al agua extraida del cercano río Ebro. Goza de Un ecosistema único, a caballo entre la estepa rusa y el desierto del Sáhara.

Gorafe (Granada). Paisaje lunar, formado por cárcavas, chimeneas al estilo de la turca Capadocia, y socavones que los efectos de la erosión marcan en los suelos areniscos, tal cual si fueran cicatrices profundas. A la vista de la panorámica desoladora es un soplo de optimismo leer en un folleto publicitario que “En su centro tuvo un lago cuyas aguas, hace apenas 100.000 años, fueron a parar al valle del Guadalquivir a través del río Guadiana Menor”.