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Parece un contrasentido. Viajar hasta Cozumel, una remota isla del Caribe mexicano, para toparse con una encrucijada de caminos de destinos diversos que distan miles de kilómetros unos de otros. Las señales, rústicas y manuscritas, se abren según los caprichos de la rosa de los vientos. Y allí, en ese momento absurdo y naif que ataca a todo viajero que se precie, tomarás la decisión de inmortalizar el flash vital con un “
selfi” que congele ese momento de duda, de indecisión. ¿Qué camino debo tomar?.

Pregunta existencial. Lo más sensato hubiera sido ubicar ese mojón en una zona fácil y accesible y no en un paraje perdido, en medio de la nada, en la isla de las golondrinas (eso quiere decir exactamente Cozumel en lengua maya). Lo más próximo a una zona Cero donde las señales sirvieran para guiar al viajero. Perdidos pero orientados.

La isla de Cozumel, en el estado de Quintana Roo y a 72 kilómetros de la famosa y multitudinaria Cancún, es una parada obligatoria de los cruceros que navegan por el Caribe. Atraen sus rectilíneas playas de fina arena, azotadas por vigorosos vientos e impetuosas tormentas veraniegas. Sus arrecifes de coral esconden miles de especies de peces lo que la convierte en un paraíso para los amantes del submarinismo. Destino típico de sol y playa, de masas de turistas con el único deseo de descansar, broncearse,
zambullirse en aguas turquesas, extasiarse en crepúsculos de película, recoger conchas por la playa, comprarse una camiseta y hacer video llamadas a su cuñado desde la hamaca y con una piña colada en la mano libre que no sostiene el móvil. UNESCO incluyó Cozumel en la Red Mundial de Reservas de la Biosfera. (www.serculoinquieto.com)