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Atenas. Dejamos atrás el espacio amplio y despejado de la plaza Syntagma. Decenas de turistas se arremolinan para seguir la singular ceremonia de relevo de la guardia frente al Parlamento -antiguo palacio del Rey Constantino y tumba al soldado desconocido-, a cargo de los esbeltos soldados Evzones. Una escuadra de buenos mozos que desfilan con paso marcial, a cámara super lenta. Esta unidad militar de élite viste con elegancia su singular uniforme: la fustanela, (una faldita con 400 pliegues, uno por cada año de ocupación turca), chaleco bordado, medias, zapatos con pompones, y fez rojo (símbolo de la sangre derramada por la Patria), del que cuelga un penacho de hilos negros (“las lágrimas de Cristo” en memoria de los caidos).

Y a un paso, el barrio de la Plaka, a los pies de la Acrópolis. Sol de justicia. Pasear por este popular enclave es sumergirse en un laberinto desordenado de callejuelas empinadas y atiborradas de turistas, con terrazas y patios donde crecen vistosas flores y bunganvillas, de joyerias de oro con escaparates de baratija, de tabernas con olor a ouzo y a regaliz y de tiendas de souvenirs en las que venden esponjas y pésimas reproducciones de espadas o cascos a lo guerrero de Esparta.

La Plaka es fiesta, luz, ruido día y noche Tapias de colores vivos que abren sus secretos al visitante. Llegan aromas de ensalada de tomate muy maduro, pepino, pimiento y cebolla roja con queso feta y aliñado con aceite y mucho orégano. Y a musaka recién cocinada, a empanada de espinacas, a cordero con berenjenas, a saganaki (queso frito que se flambea al grito de “Opaaa”), a marisco a la parrilla, a calamares rebozados como “a la sevillana”, a souvlaki (brocheta de carne o pescado a la plancha) o a Keftedes: (Albóndigas fritas con orégano y hierbabuena). Aromas que son ambrosía.

La vista fija en la Acropólis, a penas a unos metros de distancia en una cuesta de infarto. La cuna de la civilización occidental, tan cerca y tan lejana. Dejaremos la postal para cuando caiga el sol y podamos emocionarnos escuchando el llanto del buzuki que inmortalizó Mikis Theodorakis, tan grande cuerpo como de alma. La Plaka no se ve, se siente.
(www.serculoinquieto.com)